Cuando era pequeño y en la tele hablaban de los pescadores españoles que se iban a faenar cerca de un lugar llamado “Terranova”, a mí me sonaba como que se iban a otro planeta. Y sin embargo, unas décadas después (tampoco muchas
) me dirigía en barco hacia aquel remoto lugar. Aun más, el nombre de St. John’s me sonaba al puerto donde en 1995 los barcos piratas con bandera canadiense llevaron a un pesquero gallego al que habían secuestrado en alta mar. Lo cierto es que por surrealista que parezca, aquel incidente, conocido como “La guerra del fletán”, estuvo a punto de desembocar en una guerra entre Canadá y España…
Por supuesto, St. John’s nos recibió de forma bastante más cálida que a aquel pesquero gallego, llamado Estai (se encuentra rápido en Google). De hecho, fue una de las escalas más memorables del crucero, a pesar de no tener grandes atractivos turísticos. La ciudad consta en los libros de historia como la más antigua de Norteamérica, fundada por el explorador italiano Giovanni Caboto, renombrado por los ingleses como John Cabot. Aquello ocurrió en 1497, y después de haber sufrido varios incendios a lo largo de su historia, no queda absolutamente nada de aquella época. A día de hoy es una típica ciudad de norteamérica con varios lugares interesantes que visitar: Cape Spear, el punto más oriental de norteamérica y buen punto de avistamiento de ballenas en junio, Signal Hill, el lugar donde Marconi recibió en 1901 la primera transmisión de radio de la historia, así como varias iglesias. Sin embargo, no es por estos lugares por lo que lo considero una escala memorable. Antes de zarpar, el alcalde entregó al capitán una placa conmemorativa y salimos del puerto con la “Harbour Symphony”, una pieza musical compuesta para ser interpretada con los silbatos de los barcos que están en puerto. Por si eso no fuera sufuciente, el puerto de St. John’s está bastante cerrado y rodeado por montañas, así que el sonido rebotaba en ellas. Además, la gente salió a las calles a despedirnos. Aquí tenéis un vídeo de tan tremendo momento. Aunque el sonido deja un poco que desear, creo que es suficiente para haceros una idea…
La siguiente escala era una curiosidad histórica: Las islas de St. Pierre et Miquelon, un trocito de tierra perteneciente a Francia situado en la costa de Terranova. El lugar tiene pocos atractivos turísticos, aunque nos encontramos con algo que mereció la pena ver: El frontón con la ikurriña. Habíamos leido que buena parte de la población era de origen vasco-francés, pero no dejaba de ser una estampa curiosa en la costa de Canadá. Más aún, el día anterior habían organizado en el frontón la “fiesta vasca”. Aún no habían desmontado los chiringuitos y pudimos ver las comidas y bebidas que servían. En cuanto a las bebidas, servían jarras de sangría (bien), pero la lista de comidas nos dejó frios: Poco más que perritos calientes y patatas fritas. “Me parece que estos vascos llevan demasiadas generaciones en norteamérica”, pensé yo. Me lo confirmó un bilbaino que conocí en el barco: “¿Que mierda de fiesta vasca es esta sin pintxos ni txakoli?”
. Por lo demás, aprovechamos la escala para comprar unos vinitos franceses que luego nos apretamos en las cenas a bordo, pues en el barco te dejaban llevar tu propio vino a los restaurantes a cambio de una tarifa de descorche de 15$.
Las 2 últimas escalas (Sydney y Halifax) estaban situadas en la provincia canadiense de Nueva Escocia, explorada también a finales del siglo XV por el famoso Caboto (o Cabot). Sydney no tiene ningún atractivo. Simplemente nos valió para coger un coche y hacer una ruta paisajística llamada Cabot Trail(Tras las huellas de Cabot). En ella descubrimos que el nombre de Nueva Escocia está muy bien puesto. El bello paisaje me recordó bastante a las Highlands escocesas y nos encontramos incluso con una escuela que impartía clases en gaélico
Vaya, estos sí que guardan las tradiciones. Por cierto, este dia fue la primera vez que conducía un coche automático, y si antes de cogerlo no me llamaban la atención, después de probarlo me gustó menos todavía. No creo que me compre uno en mi vida…
Halifax si tenía más cosas que ver. Aparte de un museo dedicado al Titanic (desde aquí se coordinó el rescate de los supervivientes), también hay una exposición dedicada a la Explosión de Halifax. Si no habéis oido hablar de ello, os cuento: en 1917, un barco francés cargado de explosivos para la I Guerra Mundial, colisionó con un carguero noruego en la salida del puerto de Halifax. Los 2 barcos se incendiaron y unos minutos después, la carga del barco francés explotó llevándose por delante un barrio entero de la ciudad y a unas 2000 personas
Está considerada la mayor explosión no nuclear de la historia de la humanidad y para haceros una idea de la magnitud de la misma, pensad que el ancla del barco francés apareció a 4 Km. del lugar de la explosión 8O 8O
Sin embargo aquí optamos por volver a alquilar un coche e irnos a ver mundo. Desde Halifax, siguiendo la costa en dirección sur, hay unos pueblecitos de pescadores preciosos: Peggy’s Cove (minúsculo y atestado de turistas), Mahone Bay y Lunenburg. Éste último es Patrimonio de la Humanidad y sin duda, su casco antiguo de casas de madera bien lo merece…
De vuelta al barco aún nos dió tiempo de cenar una vez más en el “Tamarind”. Era uno de los 4 restaurantes a bordo, y este era asiático. La comida era deliciosa y la atención de las dulces camareras indonesias digna de un Rey. No puedo resistirme a colgar esta foto donde estoy rodeado de bellezas orientales(bueno, también está el director del restaurante):
Ya nos dábamos cuenta de que el crucero llegaba a su fin: un día en alta mar y llegada a Nueva York. Eso de llegar a Nueva York en barco me recordaba a aquellos emigrantes europeos que fueron a buscar una vida mejor hace 100 años y que fueron la base de la riqueza actual de E.E.U.U. Pero de “La Gran Manzana” hablaremos en el próximo capítulo. De momento, aquí van las fotos de éste:


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