14 de agosto de 2008, llegó el gran día. Nos presentamos en Barajas para coger nuestro vuelo a Copenhague. Spanair nos obsequió con una facturación desastrosa, con larguísimas colas, que hizo que soltáramos la maleta justo a tiempo para irnos corriendo a la puerta de embarque, pues para nuestra sorpresa, el vuelo salió puntual…
A pesar de que Copenhague tiene un transporte público magnifico, decidimos ir al puerto en taxi, porque no apetecía mucho cargar con las maletas y encima estaba lloviendo cuando llegamos. Nos costó 40€, que son muy poca cosa en Dinamarca, y ya estábamos en la cola del que mi embarque mejor organizado en un barco de crucero. En unos 20 minutos estábamos en el camarote, y lo que más nos llamó la atención fue el tamaño del baño, enorme para lo que estaba acostumbrado. Aún recuerdo con cariño los baños de nuestros 2 primeros cruceros, en los que dificilmente entraban 2 personas a la vez. Eso de que mientras uno se ducha, el otro se peina, era francamente complicado…
Eran más o menos las 3 de la tarde y estaban sirviendo la comida en el buffet, así que fuimos para allá. Después de eso, tocaba cumplir con el ritual de explorar el barco. Con este vídeo, creo que os podéis hacer una buena idea:
Después de la exploración, siestecita y primera visita al Spa. En el Spa había 2 áreas reservadas, una piscina de hidroterapia y unas camas de piedra caliente que eran una maravilla para cuando vuelves agotado de excursión. Había que pagar para acceder a ellas, y un bono para todo el crucero eran 125$/persona. Hicimos el cambio a €, y para 15 días nos salieron las cuentas. Después del Spa, y antes de ducharme y arreglarme para cenar, hice un último intento de reparación de mi entrañable cámara de vídeo, que se negó a darme el último servicio. Era una Canon Video8 de hace 10 años que a día de hoy ya era un mamotreto considerable. La puerta de la cinta no se abría y teniendo en cuenta que pensaba comprarme una cámara nueva en NY, ni se me ocurrió intentar repararla a bordo, cosa que me habría costado un dineral. Tras desmontarla y no conseguir abrir el compartimento de la cinta, la dí por fallecida y empecé a hacer vídeos con la cámara de fotos, que son de calidad de imagen discreta, pero con un sonido lamentable… en fin, descanse en paz mi vieja Canon que se había recorrido medio mundo conmigo…
En los cruceros que habíamos hecho anteriormente, teníamos una mesa fija asignada para toda la travesía. En este barco, había un piso del restaurante que funcionaba así. Cuando reservamos nosotros ya estaba completo, así que nos tocó el turno libre, que es mejor para los españoles, pues podíamos entrar a cenar desde las 5:30 hasta las 21:00(los turnos fijos eran 5:45 y 20:00). El 90% del personal a bordo eran “Made in USA” y cuando nosotros entrábamos, ellos ya habían hecho la digestión de la cena (había gente cenando a las 5:30 :O ). Lo simpático del turno libre es que si vas 2 personas, te sientan donde haya hueco… y reza porque te toque gente medio normal en la mesa. Tuvimos suerte. Los gringos como grupo no me resultan especialmente simpáticos, pero es evidente que en un país tan grande tiene que haber de todo. Conocimos gente de todos los extremos de la tierra del Tío Sam, y en general eran gente muy agradable, con muchas ganas de socializar y con la que tuvimos conversaciones bastante interesantes… y la comida nos sorprendió agradablemente ya desde el 1º día. Buenas materias primas, bien cocinadas, y aunque en el restaurante principal las raciones eran un poquito escasas, si tomas 3 platos y postre para cenar tampoco es demasiado grave, creo yo…
Al darnos un paseo por el barco después de cenar, nos dimos cuenta de que la media de edad del personal era bastante alta y parece ser que a los jubilados americanos les tira más el casino que la discoteca, porque aquí rara vez éramos más de 20 personas y el casino siempre estaba hasta las cejas. Lo de la media de edad parece que tiene que ver con la política de la compañía (Holland America, en adelante HAL), que no hace descuentos a los niños. Eso significa que con unas pocas excepciones, las parejas que viajan con ellos se buscan otros cruceros donde los niños paguen menos. Aunque la animación nocturna era tirando a escasa (lo cual nos sirvió para hacernos colegas del DJ y de los camareros de la disco, que se aburrían un poco), hay que reconocer, sin embargo, que esto tiene sus cosas buenas para los que no tenemos hijos: la piscina es bastante tranquilita y nada que ver con el infierno de 200 niños corriendo y gritando a tu alrededor que había vivido en cruceros anteriores.
Después del “fiestón” en la disco
, nos fuimos para la camita, esperando a ver que nos ofrecía Oslo… pero eso será en el siguiente capítulo